Hay lugares que no son solo geografía. Son parte de la identidad. En mi caso, ese lugar era un balneario tranquilo, familiar, rodeado de pinos y eucaliptos, con arena fina y un mar que parecía abrazarnos cada verano.
Nací en la capital de mi país, pero crecí, en gran medida, entre esas calles de arena, esas casas bajas y ese ritmo lento que solo existe en los balnearios uruguayos.
De niño, íbamos todos los veranos a alquilar una casa. Eran meses mágicos. Nos encontrábamos con los “amigos del verano”, esos que año tras año cambiaban de aspecto, de altura, de voz, pero nunca de cariño. Reíamos, jugábamos, crecíamos juntos en esas vacaciones eternas.
Hasta que un día, mi Papá hizo realidad su gran sueño… compró una hermosa cabaña. Ya no más alquilar. Ahora teníamos nuestro propio pedacito de paraíso. Podíamos ir cuando quisiéramos, quedarnos todo el verano si lo deseábamos. Fue uno de los momentos más felices de nuestra familia.
Y ahí, en esa cabaña, empezó una historia que marcaría para siempre mi forma de ver el mundo, los negocios y especialmente el Marketing.
De una canchita improvisada a algo más grande
Frente a nuestra casa había un terreno donde empezamos jugando al voleibol con la familia. Pronto, la canchita de voleibol se transformó en algo distinto. Entre varios amigos con ganas de jugar y soñar, decidimos convertirla en una cancha de fútbol.
Tenía arena, pasto mezclado, yuyos y ramas. Pero teníamos voluntad.
Todos pusimos “un granito de arena”, literal y figurado. Sacamos malezas, nivelamos, trajimos tierra. Y entonces pasó algo hermoso: los vecinos se sumaron.
Uno de ellos, que vivía justo al lado y se dedicaba a tejer redes para barcos, nos regaló unas redes perfectas para los arcos. Ese gesto generoso fue el primer impulso real.
Con el tiempo, la canchita empezó a tomar forma. Conseguí, a través de contactos de mi Papá, unas banderas enormes de las radios más importantes del verano de los 90s, las que sonaban fuerte en Punta del Este. Eran gigantes.
Mi Papá y yo conseguimos unos palos altos y las izamos. Por las noches, se escuchaba el viento golpeando contra ellas. Hacían ruido. Mucho ruido. Y ese ruido llamaba la atención.
Nace la marca
En esa época yo ya tenía mi marca personal… Gosmay. Desde 1987 la usaba en todo lo que hacía. En la fábrica de mi Papá, donde trabajaba, había telas de sobra. Empecé a crear carteles estáticos con tela azul eléctrico y letras blancas.
Diseñé líneas para la cancha con tiras blancas. Construí un banco de suplentes con un mini techito. Y lo más loco: armé un sistema eléctrico con un viejo reloj digital del auto de mi Papá, de esos de pantalla negra con display líquido. Lo desarmé, lo adapté y creé un marcador de goles con botones.
Era rudimentario, pero funcionaba. Y sobre todo, sorprendía.
La canchita dejó de ser solo un lugar para jugar. Se convirtió en “La Canchita”. La gente que pasaba en auto o caminando se detenía. Miraban. Comentaban. Muchos se acercaban a preguntar si podían jugar. Otros solo querían sacarse fotos o ver de cerca esos detalles que la hacían única.
No vendía nada. No cobraba entrada. No tenía un producto. Pero había construido una marca. Y esa marca generaba atención, cariño y pertenencia.
También en la playa
La creatividad no se detuvo en la canchita. Con caños de PVC blancos y una tela nylon amarilla fluorescente, tipo tela avión, fabriqué arcos desmontables y líneas que se podían llevar a la playa.
Bajábamos cada uno con un arco al hombro y el rollo de línea. Extendíamos todo en la arena, clavábamos los alambres para que no volara, y armábamos una cancha portátil hermosa.
Nadie pasaba por ahí sin mirarla. Los colores fluorescentes contra la arena y el mar creaban un contraste imposible de ignorar.
Hacíamos ruido. Y ese ruido nos hacía visibles.
La lección más importante
Con los años entendí que esa experiencia adolescente fue mi verdadera universidad de Marketing.
En un mundo donde todos compiten por atención, hacer ruido no es ser molesto… es ser memorable. No se trata de gritar por gritar. Se trata de crear algo que destaque, que genere curiosidad, que invite a la gente a acercarse.
Esa canchita no era perfecta, pero tenía alma. Tenía historia. Tenía detalles hechos con cariño y creatividad.
Los emprendedores y empresarios de hoy podemos aprender mucho de eso.
No esperes tener todo perfecto para empezar. Nosotros empezamos con una canchita llena de arena y yuyos.
Usá lo que tenés a mano. Telas de la fábrica, redes de un vecino, banderas recicladas. Recursos creativos.
La marca no es solo un logo. Es una experiencia. Es cómo te sienten las personas.
Hacerse ver, hacerse “verde”, como decimos a veces, es fundamental. En un mar de ofertas parecidas, el que destaca, gana.
La comunidad es todo. Esa canchita no la hice solo. La hicimos entre muchos.
Un homenaje a mis amigos
Este artículo no estaría completo sin agradecer a esos grandes amigos que estuvieron ahí desde el primer día.
Gracias por creer en la idea loca de transformar un terreno en algo especial. Gracias por ensuciarse las manos sacando yuyos, por clavar estacas, por cargar arcos hasta la playa. Gracias por las risas, las mañanas y tardes armando cosas y por defender el proyecto cuando alguien dudaba.
Hay proyectos que parecen pequeños cuando nacen, pero con el tiempo uno descubre que fueron enormes. No por su tamaño, sino por lo que dejaron adentro.
El poder de empezar joven: estadísticas que inspiran a los nuevos emprendedores
Muchas veces me preguntan cómo es posible que una simple canchita en un balneario me haya enseñado tanto sobre branding y atracción de atención. La respuesta está en el valor de las experiencias tempranas.
Empezar proyectos pequeños cuando sos joven no es solo diversión: es entrenamiento real para el mundo profesional.
Según datos del Global Entrepreneurship Monitor de Estados Unidos, los jóvenes de 18 a 24 años están empezando negocios a tasas más altas que generaciones anteriores. Casi el 24% de ellos ya son emprendedores activos, y un 21% planea lanzar su propio proyecto en los próximos tres años.
Esto demuestra que la energía y la creatividad de los más jóvenes están impulsando gran parte de la actividad emprendedora actual.
Otros estudios refuerzan esta idea: el 41% de los adolescentes considera el emprendimiento como una opción de carrera atractiva, y un 60% preferiría iniciar su propio negocio antes que tener un empleo tradicional. Además, los fundadores menores de 40 años dirigen más del 40% de todas las nuevas empresas.
Qué significa esto? Que las experiencias como la que viví yo, proyectos manuales, creativos y comunitarios, construyen habilidades que luego se traducen en ventajas reales.
Los jóvenes que experimentan temprano desarrollan mejor la resiliencia, la capacidad de improvisar con recursos limitados y, sobre todo, la habilidad de posicionarse en la mente de los demás.
En Marketing, esto es clave. Hoy, con redes sociales y herramientas digitales, es más fácil que nunca hacer ruido como hice yo con mis banderas gigantes y líneas fluorescentes. Pero el principio es el mismo: la atención no se pide, se conquista creando algo que valga la pena mirar.
Las marcas que logran esto desde temprano generan lealtad emocional, no solo transacciones.
Para los jóvenes que hoy están aprendiendo marketing o sueñan con posicionar un servicio o producto, mi mensaje es claro: no esperes la idea perfecta ni el presupuesto ideal. Empezá con lo que tenés. Construí algo visible, aunque sea pequeño. Invitá a otros a participar.
Cada “canchita” que armes te enseñará más que cualquier curso teórico.
Los emprendedores seriales que comienzan jóvenes ven cómo sus ingresos casi se duplican entre su primer y segundo proyecto, precisamente porque acumulan experiencia práctica, aprenden de errores y construyen redes de apoyo.
Esa es la magia: lo que parece un juego de adolescentes puede convertirse en la base sólida de una carrera.
Cierra el círculo
Aunque el tiempo y la vida nos hayan separado físicamente, los llevo siempre en el corazón. Esa canchita es tan mía como de ustedes. Parte de lo que soy hoy en el Marketing y en los negocios nació ahí, con su apoyo incondicional.
Gracias Adrián (Gaita), Juan, Gastón, Santiago, Alejandro y a los dos Nicolás.
Hoy, cuando veo marcas que intentan destacar con campañas millonarias, sonrío. Porque yo aprendí que con pasión, creatividad y un grupo de amigos que cree en vos, se pueden construir cosas que realmente impactan.
Esa canchita ya no existe físicamente como antes. Pero su espíritu sigue vivo en cada proyecto que emprendo. Me enseñó que hacer ruido con propósito es una de las habilidades más poderosas que puede tener alguien que quiere dejar huella.
Y vos, que estás leyendo esto… qué “canchita” estás construyendo en tu vida o en tu negocio? Qué ruido estás dispuesto a hacer para que tu marca, tu proyecto o tu sueño llame la atención?
A veces, las grandes lecciones de marketing no vienen de un libro ni de una universidad. Vienen de un terreno con arena, unos amigos leales y muchas ganas de soñar en voz alta.
Con cariño,
Nicolás A. Cioffi