Hay una etapa en la vida en la que estudiar y trabajar al mismo tiempo puede parecer una combinación imposible. Las horas no alcanzan, aparecen parciales, entregas, horarios que se cruzan y días en los que uno llega a su casa con la sensación de haber vivido dos jornadas dentro de una sola.
Sin embargo, cuando la experiencia laboral se desarrolla en condiciones razonables y permite continuar estudiando, puede dejar algo que va bastante más allá del dinero que aparece a fin de mes.
Hoy, desde NC notas, quiero hablarles especialmente a quienes están estudiando y empiezan a pensar en conseguir su primer trabajo. Algunos lo harán porque necesitan pagar sus estudios, colaborar en su casa o cubrir sus propios gastos. Otros sentirán curiosidad por conocer cómo funciona realmente una empresa. Para muchos serán las dos cosas al mismo tiempo.
El sueldo importa. Naturalmente que importa. Sería ingenuo romantizar el trabajo diciendo que el dinero es secundario cuando para muchísimos jóvenes justamente ese ingreso hace posible continuar estudiando.
Pero hay algo más.
Trabajar permite entrar por una puerta que desde el aula solamente podemos imaginar. De pronto aparecen compañeros con personalidades diferentes, clientes impacientes, responsables que saben dirigir y otros que no tanto, problemas que deben resolverse aunque nadie los haya explicado previamente, horarios que cumplir y decisiones que tienen consecuencias reales.
Uno empieza a conocer cómo funciona una empresa cuando deja de verla desde afuera.
Y esa experiencia, si se la observa con atención, también educa.
Todos los trabajos pueden enseñar
A veces existe cierta obsesión por conseguir como primer empleo algo directamente relacionado con la carrera que se está estudiando. Si aparece esa oportunidad, magnífico. Pero no siempre ocurre, y eso no convierte en inútil a todo lo demás.
Muchos jóvenes empiezan trabajando en cadenas de comida rápida. Otros entran a un supermercado, una tienda de ropa, una oficina, una fábrica, un depósito, un hotel, un call center o un pequeño comercio del barrio.
Todos esos trabajos pueden dejar aprendizaje.
Quien trabaja atendiendo público descubre muy rápidamente que comunicación no es solamente hablar bien. Aprende a escuchar, a explicar una misma cosa de maneras diferentes y a resolver situaciones con personas cansadas, apuradas o molestas.
Quien entra a una cocina o a una cadena gastronómica empieza a comprender qué significa trabajar con procedimientos, tiempos y estándares.
En un comercio se aprende sobre reposición, inventario, pérdidas, precios, presentación del producto y comportamiento del consumidor, aunque el cargo que figure en el recibo de sueldo no tenga ninguna palabra relacionada con marketing.
En una fábrica aparecen otros conocimientos: producción, proveedores, calidad, seguridad, coordinación entre áreas y la importancia de que cada parte de un proceso llegue a tiempo para que la siguiente pueda funcionar.
No hace falta ocupar un cargo directivo para aprender cómo funciona una organización.
Muchas veces alcanza con mirar.
Observar puede convertir un empleo en una verdadera formación
Esto es algo que siempre les he dicho a mis hijas: cuando trabajen, no miren únicamente cuánto van a ganar. Miren cómo funciona el lugar.
Observen las cosas buenas y también las malas.
Presten atención a cómo un responsable habla con sus empleados cuando todo sale bien, pero especialmente a cómo lo hace cuando algo sale mal. Miren cómo se atiende a un cliente que presenta un problema, cómo se organiza una jornada complicada, cómo se distribuyen las responsabilidades y qué sucede cuando alguien comete un error.
Hay empresas que enseñan por lo bien que hacen las cosas.
Otras enseñan exactamente lo contrario.
También sirve.
Trabajar con un jefe que no escucha puede enseñarnos qué clase de líder no queremos ser. Ver cómo una organización pierde clientes por indiferencia puede convertirse en una lección comercial que recordaremos durante años. Presenciar una empresa donde las personas se ayudan, en cambio, permite comprender por qué algunos equipos funcionan incluso bajo presión.
Ese aprendizaje no aparece necesariamente en un manual.
Se construye mirando la vida cotidiana de una organización.
Estudiar y trabajar es mucho más frecuente de lo que parece
La combinación entre educación y empleo cambia enormemente según el país, las condiciones económicas y la estructura de cada sistema educativo.
En la Unión Europea, por ejemplo, Eurostat informó que durante 2024 el 25,4% de los jóvenes de entre 15 y 29 años que participaban en educación formal también estaban empleados. Las diferencias entre países fueron enormes: en Países Bajos la proporción llegó al 74,3%, mientras que en Dinamarca fue del 56,4% y en Alemania del 45,8%. Esto muestra que estudiar y trabajar simultáneamente no es una situación excepcional, aunque depende mucho de cómo cada sociedad organiza la transición entre educación y empleo.
En América Latina la realidad tiene otras características. Un estudio publicado por la CEPAL a fines de 2025 analizó precisamente a los jóvenes que combinan estudio y trabajo remunerado y remarcó que esta situación debe mirarse con cuidado: trabajar puede aportar ingresos, experiencia y una transición más cercana al mercado laboral, pero los resultados dependen de las condiciones del empleo, la cantidad de horas y la posibilidad real de sostener la educación. La investigación también muestra importantes diferencias entre países y entre hombres y mujeres.
Es decir, no alcanza con decir que trabajar mientras se estudia siempre es bueno.
Tiene que ser una experiencia compatible con seguir aprendiendo.
En Uruguay tenemos incluso un programa pensado alrededor de esa idea
Hay algo especialmente interesante para quienes vivimos en Uruguay.
Desde 2012 existe el programa Yo Estudio y Trabajo, coordinado por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social junto con otros organismos públicos. Su objetivo es justamente ofrecer una primera experiencia laboral formal a jóvenes que continúan vinculados al sistema educativo.
En su edición de 2025 estaba dirigido a estudiantes de entre 16 y 20 años. Desde la creación del programa habían participado más de 9.000 jóvenes y, solamente para esa edición, se registraron 26.618 inscripciones para 751 cupos distribuidos entre instituciones públicas de todo el país.
Más allá de las cifras, me parece valioso el concepto que hay detrás.
No plantear trabajo y educación como dos mundos necesariamente enfrentados, sino crear una primera experiencia laboral que acompañe la continuidad educativa.
La propia información oficial del programa señala que las evaluaciones realizadas encontraron mejoras posteriores en la inserción laboral y en los salarios de los participantes.
Esa primera puerta puede importar muchísimo para alguien que todavía no tiene experiencia que colocar en un currículum.
Las prácticas profesionales son otro puente entre dos mundos
Aquí aparecen también las prácticas profesionales o internships, que tienen una lógica algo diferente de un empleo tradicional pero pueden cumplir una función extraordinariamente valiosa.
Una buena práctica permite que el estudiante deje de preguntarse cómo será trabajar en determinada profesión y empiece a descubrirlo.
La teoría adquiere otra dimensión cuando aparece un cliente real, un proyecto que tiene fecha de entrega o un problema que no viene acompañado por las respuestas al final del capítulo.
También permite descubrir algo que puede ahorrarnos años: quizás aquello que imaginábamos como nuestra profesión ideal no nos gusta tanto cuando conocemos su trabajo cotidiano.
Y eso tampoco es un fracaso.
Una práctica puede confirmar una vocación, modificarla o abrir una posibilidad que ni siquiera conocíamos.
Puede ocurrir que alguien estudie Comunicación pensando exclusivamente en publicidad y durante una experiencia laboral descubra que le apasiona la investigación de mercados. Otro estudiante puede entrar a una empresa interesado en diseño y terminar fascinado por el producto digital. Alguien que soñaba con trabajar en una enorme corporación puede descubrir que se siente mucho más cómodo dentro de un equipo pequeño.
La experiencia sirve también para descartar.
Y poder descartar antes de comprometer varios años de nuestra vida tiene un enorme valor.
Una buena práctica no consiste en ir a buscar Café
Naturalmente, no cualquier internship es automáticamente una experiencia formativa.
La calidad importa.
Una buena práctica debería permitir participar en tareas reales, aprender de profesionales, recibir orientación y obtener alguna forma de devolución sobre el trabajo realizado. Si el estudiante pasa meses haciendo únicamente tareas que nadie más quiere hacer y sin comprender nada del funcionamiento de la profesión, se desaprovecha buena parte de su potencial educativo.
También existe una diferencia importante entre prácticas remuneradas y no remuneradas.
Los datos de la National Association of Colleges and Employers de Estados Unidos muestran consistentemente mejores resultados laborales entre graduados que realizaron prácticas pagas. En su encuesta de 2024, los estudiantes con internships remunerados habían recibido, en promedio, más ofertas laborales antes de graduarse que quienes habían realizado prácticas no remuneradas o ninguna práctica. También registraban un salario inicial promedio superior, aunque la propia comparación debe interpretarse con prudencia porque influyen factores como el área de estudio y el tipo de profesión.
Desde el lado de las empresas ocurre algo igualmente interesante. En el informe de NACE sobre programas de prácticas, los empleadores ofrecieron puestos de tiempo completo al 66,6% de sus interns de la cohorte analizada, y el 52,7% terminó convirtiéndose efectivamente en contratación. Son cifras de organizaciones estadounidenses y no deben trasladarse automáticamente a Uruguay o América Latina, pero muestran hasta qué punto algunas empresas utilizan las prácticas como una verdadera puerta de entrada a su plantilla.
Además aparece el networking, una palabra que a veces suena más complicada de lo que realmente significa.
Uno trabaja con personas.
Esas personas después cambian de empresa, conocen otros profesionales, recomiendan, recuerdan cómo trabajábamos y, años más tarde, pueden convertirse en compañeros, socios, clientes o simplemente en alguien que nos avisa que apareció una oportunidad.
Una carrera profesional también se construye con relaciones.
Mi propia escuela comenzó en la fábrica de mi padre
Yo viví una parte de todo esto de una manera bastante particular.
En determinado momento dejé de estudiar secundaria y comencé a trabajar en la fábrica de mi papá. Al mismo tiempo seguí formándome en algo que realmente me apasionaba: la cinematografía.
Mi padre nunca me trató como alguien perdido porque no quisiera seguir una de esas profesiones que tradicionalmente parecían representar el único camino correcto.
Y eso fue importante para mí.
Siempre he sostenido una idea que repito mucho: si tienen la posibilidad de elegir, no estudien una profesión únicamente por el dinero que supuestamente pueden ganar con ella. Busquen algo que realmente les despierte interés.
Sé perfectamente que no todo el mundo puede elegir en absoluta libertad y que existen realidades económicas que condicionan muchísimo las decisiones. Pero una vida laboral es demasiado larga como para ignorar completamente aquello que nos entusiasma.
Mientras estudiaba lo que me gustaba, trabajar en la fábrica de mi padre me enseñó otra clase de cosas.
Aprendí cómo se convivía dentro de una empresa, cómo se respetaba a los empleados y cómo ellos también respetaban el lugar donde trabajaban. Pude observar problemas, relaciones, responsabilidades y esa cantidad de pequeños acontecimientos que constituyen la verdadera vida de una organización.
Algo que valoro especialmente es que no me sentía “el hijo del dueño”.
Me sentía un empleado más.
Y probablemente por eso aprendí mucho más.
Si hubiera recorrido la fábrica mirando todo desde arriba, pensando que algún día aquello podía pertenecerme o que tenía algún privilegio especial, me habría perdido buena parte de la experiencia.
Lo que me interesaba era entender.
Después llegó Estados Unidos y otra forma de mirar
Más adelante tuve la posibilidad de viajar a Estados Unidos y trabajar en empresas grandes.
Nuevamente apareció aquella curiosidad.
Por supuesto que me interesaba cuánto iba a cobrar. Todos trabajamos para recibir algo a cambio. Pero recuerdo con mucha más claridad la sensación de estar entrando a estructuras que funcionaban a otra escala y pensar: quiero entender cómo hacen esto.
Cómo organizan el personal.
Cómo se comunican.
Cómo controlan procesos.
Qué esperan de cada trabajador.
Qué hacen muy bien.
Y también qué cosas, a pesar de ser grandes empresas, podrían hacer mejor.
Estar dentro cambia completamente la perspectiva.
Desde afuera vemos una marca.
Desde adentro descubrimos personas, procedimientos, errores, jerarquías, reuniones, buenos responsables, malos responsables y cientos de decisiones pequeñas que terminan construyendo aquello que el cliente finalmente ve.
Años después, cuando emprendí mis propios proyectos, muchas de aquellas observaciones regresaron.
Algunas para imitarlas.
Otras para intentar no repetirlas.
Trabajar mientras estudiás también tiene un costo
Hay una parte de este tema que no quiero romantizar.
Estudiar y trabajar puede ser agotador.
Hay jóvenes que además cuidan hijos, colaboran con familiares, viajan durante horas o tienen trabajos físicamente exigentes. En esos casos, decir simplemente “trabajar te forma” puede sonar casi cruel si ignoramos el esfuerzo que hay detrás.
La experiencia laboral suma cuando existe un equilibrio posible.
Si el empleo consume tantas horas que obliga a abandonar la carrera, dormir permanentemente cuatro horas o rendir muy por debajo de las posibilidades, hay que detenerse y revisar la situación.
Precisamente por eso la CEPAL habla de efectos ambivalentes al analizar la combinación de educación y trabajo en América Latina: puede favorecer experiencia, ingresos y autonomía, pero también competir con el tiempo destinado al estudio cuando las jornadas son demasiado extensas o las condiciones laborales son malas.
No todos los jóvenes necesitan trabajar mientras estudian.
Y quien tiene la posibilidad de dedicarse exclusivamente a su formación tampoco está perdiendo necesariamente el tiempo.
La idea no es transformar el empleo estudiantil en otra obligación social.
Es comprender cuánto puede enseñar cuando forma parte de una etapa de crecimiento y no termina destruyendo aquello que estamos intentando construir.
Ser empleado no es fracasar como emprendedor
Hay otra idea que aparece constantemente en redes sociales y que nunca me terminó de convencer: aquello de que “el sueldo es una droga” y que cualquier persona verdaderamente ambiciosa debería dejar su empleo y emprender.
No comparto esa mirada.
Emprender puede ser extraordinario. A mí me apasiona. Exige iniciativa, tolerancia al riesgo, energía y una capacidad bastante particular para levantarse después de los problemas.
Pero no existe nada inferior en construir una carrera como empleado.
Hay personas que llevan décadas trabajando dentro de organizaciones, crecieron profesionalmente, asumieron responsabilidades enormes, dirigieron equipos, hicieron posibles proyectos importantes y disfrutan profundamente de lo que hacen.
Otros necesitan construir algo propio.
Son caminos.
No jerarquías.
De hecho, muchos buenos emprendedores comenzaron siendo empleados atentos. Aprendieron cómo funcionaba una industria, conocieron problemas que nadie estaba resolviendo y años después utilizaron ese conocimiento para crear una empresa.
Y muchos excelentes profesionales nunca sintieron la necesidad de hacerlo.
Lo importante es elegir el camino con conciencia, no porque un video de treinta segundos nos diga qué versión del éxito deberíamos perseguir.
Lo que te llevás cuando termina el turno
Si hoy estás estudiando y pensando en buscar tu primer trabajo, mi consejo es sencillo.
Hacelo si tu situación y tus tiempos te lo permiten.
No te avergüences porque el primer empleo no tenga relación con aquello que estás estudiando. No pienses que trabajar unas horas en un comercio, restaurante, fábrica o empresa pequeña vale menos que entrar directamente a una multinacional.
Aprendé.
Mirá.
Preguntá.
Prestá atención a las personas que trabajan bien y tratá de entender qué las diferencia. Observá también a quienes hacen mal las cosas, porque probablemente te enseñen algo que recordarás cuando algún día seas vos quien tenga que tomar decisiones.
Y si aparece una práctica profesional seria, aprovechala. Una buena pasantía puede mostrarte en unos meses cosas sobre una profesión que ningún programa de estudios puede explicar completamente.
Después volvés al aula siendo otra persona.
Ya no estudiás solamente conceptos.
Empezás a reconocer situaciones.
Y eso cambia mucho la manera de aprender.
Cuando pienso en mis primeros trabajos, el dinero que gané entonces es casi un detalle perdido en el tiempo. No podría recordar con exactitud en qué gasté la mayor parte.
En cambio, todavía recuerdo personas, formas de trabajar, conversaciones, errores, maneras de dirigir y escenas completas dentro de aquellas empresas.
Eso quedó.
Por eso, cuando hablo con mis hijas sobre trabajo, intento transmitirles lo mismo.
El sueldo es importante. Defiendan siempre el valor de su trabajo y no permitan que la idea de “ganar experiencia” se transforme en una excusa para que otros se aprovechen de ustedes.
Pero mientras estén ahí, llévense algo más.
Aprendan cómo funciona ese lugar.
Descubran qué clase de profesional quieren llegar a ser.
Y también qué clase de persona quieren ser cuando algún día les toque trabajar con alguien que está empezando.
Porque el primer trabajo puede durar seis meses, un año o varios.
El aprendizaje que deja puede acompañarnos toda la vida.